
Antes de que un plato llegue a la mesa, ha pasado por muchas manos, muchas decisiones y, sobre todo, mucho cariño. De eso sabe María, que lleva un tiempo al frente de los desayunos, comidas, meriendas y cenas en la cocina de Santa Justa.
María no siempre estuvo en cocina. Empezó trabajando en el equipo de limpieza y, en algún momento, dio el salto. "Muy contenta", nos dice cuando le preguntamos qué tal el cambio. Hoy forma parte del equipo de cocina, encargada de que cada día empiece y acabe como debe ser.
Cocinar para personas mayores tiene sus propias reglas. Muchas de ellas tienen limitaciones que hay que respetar, pero eso no significa renunciar al placer de comer bien. "Tienes que hacer comida saludable, pero que también sea apetecible, que les guste y les entre por los ojos", explica María. Y cuando lo consigue, lo nota enseguida: los residentes se lo agradecen, le dan la enhorabuena por la comida. Pocas cosas dan tanto gusto como eso.
En cocina no está sola. Son cuatro personas trabajando codo con codo, apoyándose entre ellas para que cada plato salga adelante. Maria Do Ceu Diogo, al frente de la cocina, y sus compañeros: Yaneth Arteaga, Ramiro Moreno y Kindiaba Bagayoko. Porque tener buena materia prima es solo el principio: luego hay que convertirla en algo que sepa a cariño. "Parecen cosas tontas, pero no lo son", dice María sobre ese trabajo invisible que va de la despensa al plato.
No todo fue fácil al principio. Cuando llegó a cocina, algunos residentes le decían que la comida no les había gustado, y ella se iba a casa un poco desanimada. Poco a poco fue entendiendo algo esencial: para una persona mayor, una residencia debe saber a casa, y eso significa la comida de siempre, la de antes. Con el tiempo, y con la ayuda de sus compañeras, fue encontrando el punto.
Hay un ejemplo que lo resume muy bien. Una señora tenía debilidad por el pimentón. El equipo empezó a tenerlo en cuenta: un día se lo ponían, otro día no, variando la comida para que, entre tantos gustos distintos, cada uno encontrara el suyo. Porque en una casa, y Santa Justa lo es, no se cocina igual para todos: se cocina para cada uno.
Cuando le preguntamos qué cree que aporta su presencia más allá de los platos, María no lo duda: la conversación. Un rato de charla, sentir que alguien los tiene en cuenta, es tan importante como el propio menú. Y lo que ella se lleva a cambio, dice, es cariño. El de ellos, y el que ha aprendido a dar.
Habrá días en los que un residente esté más fino y otros en los que tenga hambre y se lo coma todo. Así es trabajar con personas, con sus días buenos y sus días regulares. Lo que no cambia es el objetivo de María y su equipo: que, pase lo que pase en la mesa, la comida siga sabiendo a casa.